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Tengo la cabeza fresca como una lechuga. Busco alternativas para no caer en un clonazepam y dormirme cinco horas. Voy a una exposición de maternidad, camino por la costa, evito cruzarme al Mc Donalds, tomo fotos del mar y del cielo y del manto rosa de flores duras. Llego a mi casa. Le escribo a mis amigas. Fracaso. Intento sacar una entrada para el cine. No hay butacas. Freno el impulso de ir igual a ver si me dejan pasar a la función de esa película. ¿Para qué? Si no me interesa la película. No me interesa absolutamente nada de lo que me proponen. Me hubiera gustado que haya mucho sol o que se pudiera adelantar un botón de adelantar el tiempo. Más adelante, no sé, cuando ya tenga una panza de cinco o seis meses, donde ya el embarazo no sea un riesgo.
A nadie le interesa lo que estoy
haciendo. Ni siquiera a una parte de mi familia. No voy a decir a mi familiar
en sí, porque es injusto. A mis hermanos y a mi papá sí les interesa. ¿Qué hago
con esto?
Leo un diario íntimo de una
escritora que manda su diario vía email. Siento cómo sufre un divorcio. Al menos
se casó, pero claro, todo lo demás fue sufrimiento.
Quiero adelantar el tiempo. Quizá
a marzo. Quizá a mañana que voy a la médica o quizá al fin de semana que viene
que me baja, por fin, la menstruación.
Le compré a mi sobrina una tarjeta en la que tiene que raspar y dice:¿querés ser mi madrina?
La guardo para el momento. Es una tarjeta bastante fea, tiene plateado. Tampoco me importa mucho lo lindo o lo feo. No me importa casi nada.
Llego a casa y me como un pedacito de omelette. Intento ordenar, solo saco la ropa del lavarropas y la pongo a secar. No tengo que preparar clases porque estoy de licencia.
Estoy triste y feliz al mismo tiempo.
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